Luz Patricia les lleva alegría a los niños de la vereda Corcovado
Juan Carlos Valencia Gil, con el tip de Patricia Sierra
Luz Patricia Sierra llegó a la vereda Corcovado de Titiribí por su fascinación con los paisajes cafeteros. Y quién sabe si algún día se irá porque los niños del Centro Educativo Rural (CER) la enamoraron aún más de estas tierras. La escuelita tiene biblioteca y equipos y los niños recibieron paquetes de útiles escolares gracias al empuje de esta mujer.
Patricia llevaba poco tiempo visitando la finquita que consiguió su familia en esta vereda que queda a 45 minutos a pie del casco urbano, cuando un chiquito se le acercó: “Doña Patricia, es que voy a perder un logro en la escuela porque no sé dónde queda la isla de ‘Macpelo’ ”. Ella le preguntó por la escuela y él le respondió que casi no tenían libros.
Transcurrían principios de 2008 y la mujer buscó a Luis Carlos Pérez Zapata, director del CER, para conocer la situación de la escuela: no había biblioteca ni grabadora y faltaban sillas y mochilas para algunos niños. Ambos estaban recién llegados a la zona y decidieron meterle mano a las necesidades del Centro Educativo.
Beatriz Rojas, una cuñada de ella, vive en Lowell, Massachussets (E.U.). Beatriz fue el contacto para motivar a la colonia paisa de esta ciudad a enviar donaciones para la escuela. Así, en noviembre de 2008, Patricia les entregó a los niños del CER 90 mochilas con útiles escolares, balones, juguetes y papelería para los profesores.
También llevó una vajilla para el comedor escolar, 19 sillas para los estudiantes y retazos con los que las señoras de la vereda hacen traperas, colchas y cojines. Estas donaciones las hizo la empresa privada.
Ya en 2009 la meta de Patricia fue instalar la biblioteca escolar. Y lo logró. Durante todo el año recogió libros que donaron particulares, sobre todo sus vecinos de una unidad residencial de La Mota.
La Alcaldía de Titiribí puso la estantería y en la semana de vacaciones de octubre se instaló la biblioteca. Ahora los niños gozan como locos en los primeros días con tantos libros para aprender y conocer.
“El trabajo que se ha hecho no ha sido tanto el de dar cosas, eso lo hace todo el que tiene y le sobra. Más bien es el de volcar el corazón a una comunidad y hacerles sentir que son importantes para alguien que puede canalizar ciertas ayudas para darles un poco de alegría con algo pequeño”, explica Patricia.
Una mujer con espíritu humanitario
Patricia, quien tiene una microempresa de productos plásticos, vivió su niñez en una finca de la vereda El Zarzal de Copacabana. Sus padres le enseñaron el servicio social con el ejemplo. En la vereda, su papá, sin ser médico, atendía partos gratis, y su madre siempre ha dicho que a nadie que llegue a su casa se le negará un plato de comida.
Esta formación ha llevado a esta paisa de 53 años a tener un gran sentido humanitario que le transmitió a su familia. Su esposo la apoya en su labor social y de sus cuatro hijos, ingenieros todos, dos se inclinaron por las misiones en la vida religiosa.
No entiende cómo estos dos hijos se fueron por la religión porque dice que ella y sus padres eran ateos. Sin embargo, al ver a sus hijos, Patricia también se metió con una comunidad católica y cree que esto le fortaleció aún más su espíritu humanitario.
A tal punto, que todos los fines de semana va con su esposo a la finca en Corcovado. Una hora y media desde Medellín para deleitarse con la belleza del Suroeste y enamorarse más de la comunidad que encontró en esta vereda.